El espectador al que el arte
contemporáneo le resulta un tanto ajeno tiene que enfrentarse a las
obras que se van a poder contemplar en la bienal Manifesta 5, que se
inaugura el próximo día 10, con la idea básica que el proceso de
creación es tan importante o más que la obra en sí misma una vez
concluida. A los jóvenes artistas les interesa más crear que
exponer, y el concepto predomina claramente sobre el material. Un
ejemplo claro de esta teoría es el esloveno Misha Stroj (1974) que
estos días está preparando su trabajo, una investigación sobre la
condición humana, en la sala de exposiciones del Koldo
Mitxelena.
Stroj trata la escultura como un campo para sus
experimentos filosóficos y la reflexión sobre es la materia clave en
su obra. Medio en serio, medio en broma comentaba «aquí estoy de
ocho de la mañana a ocho de la noche reflexionando», a la espera de
que el espacio le vaya conduciendo. En total serán seis piezas,
realizadas en papel, madera y cuerdas, -«porque todo es provisional
y a través de la sugestión se pueden revalorizar los materiales»-,
para las que ha creado un escenario específico porque «intento
demostrar hasta qué punto puede influir el lugar como una traslación
de la dicotomía entre global y local». Para ello realiza un intenso
estudio que recoge en una serie de libros llenos de imágenes, textos
y páginas de periódicos. «Es muy difícil no caer en los clichés. Si
tomamos como punto de referencia San Sebastián la primera idea que
viene a la cabeza a un extranjero es ETA. Luego llegas y te quedas
con la impresión de que es la ciudad perfecta con su playa, su
puerto, su gente abierta. Cuando profundizas un poco te das cuenta
de que debajo de esa cara amable está el conflicto. Me gustan esas
contradicciones porque son parte de la vida y demuestra que no hay
nada perfecto».
Legitimidad
En sus reflexiones, una
de las preguntas que se hace es «qué legitimidad tengo para venir
aquí e intentar decir algo a la gente», luego les añade teoremas,
imaginaciones, especulaciones absurdas para crear un sistema de
dudas y soluciones que tienen un carácter frágil y efímero, todo
ello a través de una combinación de elementos lingüísticos,
matemáticos e incluso en muchos casos religiosos.
El primer
paso dado para crear el marco para sus piezas ha sido cubrir el
espacio abierto hacia el edificio del Koldo Mitxelena porque «se
trata de un lugar público difícil de controlar por su fuerza». Aquí
entra una de las contradicciones que marcan el trabajo de Misha
Stroj porque «quiero mostrar mi obra, pero sin que esté demasiado
expuesto y para eso opto por cubrirla». Por otro lado esa apertura
hacia el infinito es un intento de reflejar que «en el arte todo es
utopía, no creo que se pueda llegar a ningún sitio concreto. Me
gusta la idea de exponer en un espacio como el KM, que en principio
es una biblioteca pero que tiene un uso también artístico. Viene a
reafirmar que todo es un conflicto permanente».
Las seis
piezas estarán conectadas entre sí y se influyen unas a otras. «Esa
es la magia con la que juega un artista, que los objetos hablen e
influyan en su entorno, por eso son todas importantes, aunque creo
que la principal es la número seis porque representa la utopía y es
la más pública al poderse ver desde lo alto del edificio».
El
electricista
En estas creaciones intenta reflejar la
sociedad. «Hay unos espacios para llenar y yo me enfrento a ellos
como artista, pero si viene un electricista vería las cosas de otro
modo, un lugar donde poner unos apliques y unos enchufes, por eso
todo tiene múltiples visiónes e interpretaciones».
Su forma
de trabajar es casi obsesiva y maniática porque se sumerge en
interminables análisis y combinaciones, de forma que le resulta
basta complicado concluirlas. Unas piezas se ensamblan con otras
para crear zonas anónimas donde los objetos y los materiales están
en constante lucha para lograr un precario equilibrio entre su tosca
apariencia física y su contrapartida intelectual e imaginaria. «Me
gustan palabras como concepto, esencia y sobre todo utopía porque
creo que en ella está la esencia de todo artista, tener unas ideas
que son el fruto de una larga investigación y de una forma de
entender la vida e intentar plasmarlas sin saber si lo vas a
conseguir y sin tener la seguridad de que el espectador va a
entender tu propósito».
Stroj comparte la sala del KM con
otros ocho artistas que a través de su obra disertan sobre el vacío
temporal y espacial, con temas como la nostalgia, el recuerdo, la
amnesia y el
olvido.